Desertificación y sequía


CÉSAR LÓPEZ LLERA

Desde 1994 el 17 de junio está declarado por las Naciones Unidas como Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. En el artículo 1 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación se entiende por desertificación: «la degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, tales como variaciones climáticas y las actividades humanas». Si tenemos en cuenta que la mayor parte de los cambios climáticos que padecemos se deben al calentamiento de la tierra producido por actividades industriales, viene a resultar que los seres humanos somos los responsables directos de la destrucción del potencial biológico de la tierra, esto es, de la disminución o destrucción de la vida, tanto vegetal como animal, y, por ende, de la degradación de las condiciones de vida de todos los seres (incluido el hombre) y de la expansión de los desiertos. Basta enumerar los siete procesos más relevantes que intervienen en la desertificación (degradación de la cubierta vegetal, erosión hídrica, erosión eólica, salinización, reducción de la materia orgánica del suelo, encostramiento y compactación del suelo y acumulación de sustancias tóxicas) para constatar que ya sea por maldad, desidia, ignorancia, improvisación, equivocación o egoísmo, lo cierto es que el desarrollo actual resulta insostenible. Al perderse suelo potencialmente cultivable reducimos a la vez las previsiones de productividad, en un momento en el que es necesario mantener a una población mundial en crecimiento, que demanda que se triplique la producción de alimentos durante los próximos 50 años.Más de 6.100 millones de hectáreas, esto es, casi el 40% de la superficie del planeta, corresponden a ecosistemas secos (áridos, semiáridos y subhúmedos secos), de los cuales el 70%, equivalente a 3.600 millones de hectáreas, se encuentran amenazados.
Así, en América Latina y el Caribe los procesos de degradación alcanzan al equivalente del 75% de las tierras áridas, semiáridas y tropicales secas; en África las tres cuartas partes ya son terrenos áridos; y en España, el 44% del territorio se encuentra afectado, principalmente en el Sureste, Levante, Valle del Ebro y Castilla-La Mancha.
Aunque los datos estadísticos poseen la extraña capacidad de producirnos un cúmulo de sensaciones contradictorias, que van desde la perplejidad a la frialdad, pasando por la indiferencia, el cansancio y el aburrimiento, es necesario ofrecerlos y asociarlos a los dramas humanos que se esconden detrás de las cifras. No conviene olvidar que en todos los lugares donde el agua escasea y las tierras yermas avanzan hay seres humanos que sufren sus consecuencias; según datos de Naciones Unidas son ya más de 250 millones, que podrían convertirse en 1.000 millones.
Tales son las consecuencias del avance de la desertificación, la sequía y otras desgracias medioambientales: erosión de los suelos, accidentes industriales, vertidos... que se empieza a hablar de refugiados ambientales. Se trata de personas que abandonan sus hogares debido a este tipo de causas que, en 1998, produjeron más refugiados que las guerras y los conflictos armados. De hecho, se estima que en torno a 25 millones de personas se encuentran desplazadas por motivos medioambientales y que su número podría elevarse a 150 millones, la mayoría del continente africano.
Frente a este panorama, la sociedad civil tiene la obligación de exigir a sus gobernantes que lleven a cabo acciones innovadoras de desarrollo sostenible, tanto locales, como nacionales e internacionales, para luchar contra la desertificación y para obtener recursos financieros con los que financiar programas de cooperación. Debemos exigir que se activen medidas encaminadas a conseguir los tres objetivos que proponen las Naciones Unidas: prevenir y reducir la degradación de las tierras, rehabilitar las tierras parcialmente degradadas y recuperar tierras desertificadas.
Por lo que a España se refiere, resulta llamativo que el Ministerio de Medio Ambiente todavía no disponga de los mapas de estados erosivos de España, que prevé acabar en el 2012. Difícilmente se puede luchar contra la erosión si aún no hemos detectado, cuantificado y reflejado el alcance del problema.
Luchar contra la desertificación equivale a luchar contra la pobreza. Son dos caras de la misma moneda, variantes del mismo objetivo: el desarrollo sostenible, del que tanto hablamos y escribimos, pero que tan poco se ve. ¿No será más que una nueva utopía?